La primera ocasión en que mi cuerpo encontró la selva de Chiapas, y sobre todo la primera ocasión en que "el otro territorio mexicano, el de las de abajo, el de los y las de izquierda" me tocó el alma fue principios del 2000, el camino hacia el corazón de la selva marcaba de manera sin igual mi realidad, en aquél momento era estudiante de psicología y junto a otros y otras se convertía en un desafío hacia mi familia de origen mi visita a territorio zapatista, sin lugar a dudas cada paso por la comunidad de Santa Rosa abría para mi un hilo delgado teñido de rojo sangre que se metía entre las corneas, y las capas de la piel para quedarse junto a mi como un señuelo para seguir.
Fue entre risas y comidas sencillas donde participamos para terminar de construir una clínica para la comunidad de Santa Rosa, en ella había niños y niñas, mujeres y hombres que jamás habían recibido a nadie que no fuera de su comunidad ni a nadie que no fuera zapatista, nuestra mirada azorada y llena de energía se topaba con la de ellos y ellas asombrados de nuestras formas y de nuestro entusiasmo. Nosotras agradecidas entregamos las horas con cada uno de sus minutos a reconocerles como el fuego honesto y crítico que alberga la nación.
A nuestra despedida la firmaba la certeza de haber recibido mucho más de lo que habíamos ido a dejar, la conciencia clara de que no llevábamos mucho por enseñar y en cambio habíamos recibido las nociones para aprender a amar la indómita claridad de "mandar obedeciendo y callar cuando el otro o la otra tomen su palabra".
La puerta de redilas se abría las personas caían mis amigas y amigos, el miedo y la incomprensión se dejaban escapar a gritos y llanto, la camioneta paró, al fondo de la caja "El muñe" casi sin gritar pedía ayuda; su codo se había destrozado con el risco, el asumía el riesgo y cuidaba de su grupo en cada pasó, pero el sueño lo venció y su codo tomó el lugar estratégico para la destrucción de sus cartílagos, ¡Una ambulancia! se escuchaban entre nosotras, ¡llamen a una ambulancia! nos repartimos entre carros...no recuerdo como llegó la ambulancia llegamos a la clínica; "El muñe" no llegaba, Zayra y Eduardo raspados por todas partes, nuestras ropas ensangrentadas y además por si fuera poco, sintiendo que vivir la experiencia en comunidad zapatista era ilegal, experimentando el temor de reconocernos como ellos y ellas en cada percance donde la ciudadanía nacional les niega la pertenencía. La ambulancia donde "El muñe" viajaba se había quedado sin gasolina, nuestro México se cubre de pobreza y se pudre con los desvíos de presupuestos, y ahora en el alma veninteañera lo sabíamos tan claro como cualquiera.
Aprendimos, aprendí que entre todos y todas podemos recuperar las articulaciones entre la realidad urbana y la realidad de la selva, meses llevó la recuperación en Ciudad de México para el Muñe, para nosotras sólo días retrasaban nuestra llegada a casa, en Ciudad de México los Chávez acogían nuestro silencio, alimentaban nuestro paso para seguir, abrazaban nuestro miedo y se encargaban de que los sueños no pararán.
Preparar el regreso sin uno de nosotras, de nosotros era terriblemente difícil. Sin embargo la certeza de que habíamos elegido una familia devolvía el valor para volver a ser parte de lo nuestro sin perder lo vivido, a tejer con aquél hilo rojo zapatista, la realidad y la red para sostener el regreso del Muñe. Él recuperó la articulación, se rehabilito entre amigos y amigas que reconoció en la lucha. Se dice que su abrazo ahora esta cargado de manos que le dieron todo y con todo sabemos que le dieron fuerza, le dieron confianza, le dieron amor y calma, se dice que su abrazo es grande y duradero, que es el abrazo de tantos, que esta teñido de sangre de años, que es el abrazo de tantas y que con ello nutre su quehacer.